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viernes, 2 de febrero de 2007

Prefacio

ÍNDICE


Stephenie Meyer
Luna Nueva





Para mi padre, Stephen Morgan.
Nadie ha recibido más afecto
ni un apoyo tan incondicional
como el que tú me has dado.
Yo también te quiero.












Los placeres violentos terminan en la violencia,
y tienen en su triunfo su propia muerte, del mismo modo
que se consumen el fuego y la pólvora
en un beso voraz.

                         Romeo y Julieta, acto II, escena VI








Prefacio

Me sentía atrapada en una de esas pesadillas aterradoras en las que tienes que correr, correr hasta que te arden los pulmones, sin lograr desplazarte nunca a la velocidad necesaria. Las piernas parecían moverse cada vez más despacio mientras me esforzaba por avanzar entre la multitud indiferente, pero aun así, las manecillas del gran reloj de la torre seguían avanzando, no se detenían; inexorables e insensibles se aproximaban hacia el final, hacia el final de todo.
Pero esto no era un sueño y, a diferencia de las pesadillas, no corría para salvar mi vida; corría para salvar algo infinitamente más valioso. En ese momento, incluso mi propia vida parecía tener poco significado para mí.
Alice había predicho que existían muchas posibilidades de que las dos muriéramos allí. Tal vez el resultado habría sido bien diferente si aquel sol deslumbrante no la hubiera retenido, de modo que sólo yo era libre de cruzar aquella plaza iluminada y atestada de gente.
Y no podía correr lo bastante rápido...
... por lo que no me importaba demasiado que estuviéramos rodeados por nuestros enemigos, extraordinariamente poderosos. Supe que era demasiado tarde cuando el reloj comenzó a dar la hora y sus campanadas hicieron vibrar el enlosado que pisaban mis pies —demasiado lentos—. Entonces me alegré de que más de un vampiro ávido de sangre me estuviera esperando por los alrededores. Si esto salía mal, a mí ya no me quedarían deseos de seguir viviendo.
El reloj siguió dando la hora mientras el sol caía a plomo en la plaza desde el centro exacto del cielo.

jueves, 3 de febrero de 2005

Repetición


No estaba segura de qué demonios estaba haciendo allí.
¿Es que estaba intentando empujarme de nuevo hacia el estado de estupor zombi? ¿Me había vuelto masoquista, había desarrollado una afición a la tortura? Debería haberme ido directamente a La Push. Me sentía mucho, mucho mejor cerca de Jacob. Comportarme de esa manera no era precisamente lo más cuerdo por mi parte.
No obstante, seguí conduciendo lentamente a través del camino zigzagueante lleno de maleza, entre los árboles que se arqueaban sobre mí como un verde túnel vivo. Tanto me temblaban las manos que las apreté con fuerza en torno al volante.
Era consciente de que parte de mi motivación para hacer esto era la pesadilla; ahora que estaba realmente despierta, la vaciedad del sueño me carcomía los nervios, como si fuera un perro jugueteando con un hueso. Había algo que tenía que buscar. Algo imposible e inalcanzable, atemorizador y enajenador, pero estaba allí fuera, en alguna parte. Debía creer que era así.
Por otro lado, estaba esa extraña sensación de repetición que había sentido hoy en el colegio, la coincidencia de fechas. El sentimiento de que estaba empezando de nuevo, de que todo transcurría como si realmente fuera mi primer día en el instituto y yo fuera la persona más rara que había aquella tarde en la cafetería.
Las palabras se precipitaban por mi mente, monótonas, como si las estuviera leyendo y no como si se las estuviera oyendo decir:
Será como si nunca hubiese existido.
Me mentía cuando dividía en dos partes mi argumentación para venir aquí. No quería admitir la motivación más fuerte porque sonaba a perturbación mental.
La verdad es que quería volver a oírle, como le había oído en el extraño delirio del viernes por la noche. Durante aquellos escasos momentos, cuando su voz llegó desde alguna parte de mi inconsciente, cuando sonó perfecta, tan dulce como la miel, mucho mejor que en ese pálido eco que mi memoria era capaz de evocar, pude recordarle sin dolor. Pero no había durado; la pena me había superado, como yo sabía que ocurriría con certeza, y como demostraba esta misión de locos. Sin embargo, los preciosos instantes en los que pudiera volver a oírle eran un señuelo irresistible. Tenía que encontrar el modo de poder repetir la experiencia... o quizás sería más preciso decir «el episodio».
Tenía la esperanza de que esa sensación de déjà vu fuera la clave. Por eso iba a su casa, un lugar donde no había estado desde el día fatídico de mi fiesta de cumpleaños, hacía ya tantos meses.
La densa maleza, casi como una jungla, se deslizaba lentamente por las ventanillas del coche. El camino seguía adelante. Comencé a ir más deprisa, ya que me estaba poniendo nerviosa. ¿Cuánto tiempo llevaba conduciendo? ¿No debería haber llegado ya a la casa? El sendero estaba tan invadido por la espesura que no me parecía familiar.
¿Qué pasaría si no lograba encontrarlo? Me eché a temblar. ¿Y qué ocurriría si no quedaba ninguna prueba tangible en absoluto...?
Entonces apareció el hueco entre los árboles que yo estaba buscando, sólo que no se percibía con tanta facilidad como antes. La vegetación en Forks no tardaba mucho en reclamar cualquier terreno que se quedara baldío. Los altos helechos habían invadido el prado que rodeaba la casa, apretándose en torno a los troncos de los cedros, llegando incluso al amplio porche. Era como si el césped hubiera sido inundado, hasta la altura de la cintura, por verdes olas como plumas.
La casa estaba allí, pero no era la misma. Aunque no creía que nada hubiera cambiado en el exterior, el vacío gritaba desde las ventanas cerradas. Resultaba espeluznante. Por primera vez desde que había visto aquella hermosa casa, me pareció que era una guarida apropiada para vampiros.
Frené en seco mientras miraba alrededor. Tuve miedo de continuar.
Pero no ocurrió nada. No se oía ninguna voz en mi cabeza...
... de modo que dejé el motor en marcha y salté al mar de helechos. Quizás, si avanzaba hacia la casa, como había ocurrido el viernes por la noche...
Me acerqué lentamente hacia la fachada vacía y desnuda mientras sentía el reconfortante rugido del motor de mi coche a mi espalda. Me paré al llegar a las escaleras del porche, porque allí no había nada. Ni el más ligero testimonio de su presencia... de la presencia de él. La casa estaba allá, como un cuerpo sólido, pero eso no significaba nada. Su realidad concreta no llenaría el vacío de mis pesadillas.
Me quedé allí, a unos pasos de la casa. No quería mirar por las ventanas. No estaba segura de qué sería más duro de ver. Si las habitaciones estuvieran vacías, sonando a eco desde el suelo hasta el techo, seguramente me resultaría doloroso. Como ocurrió en el funeral de la abuelita, cuando mi madre insistió en que no entrara a verla y permaneciera fuera. Me dijo que no necesitaba verla en ese estado, que sería mejor recordarla viva y no de esa manera.
Pero ¿no sería aún peor que no hubiera ningún cambio? ¿Que los sofás se encontraran colocados exactamente igual que la última vez, las pinturas en su sitio, y lo más horrible, el piano encima de la pequeña tarima? Eso sería casi tan malo como que la casa entera desapareciera de un golpe. La demostración clara de que no había ninguna posesión física que los atara de ningún modo. Que todo quedaba, intacto y olvidado, tras su paso.
Al igual que yo.
Le volví la espalda a ese enorme vacío y me apresuré hacia mi coche. Iba casi corriendo. Ansiaba alejarme, volver al mundo humano. Me sentía horriblemente vacía y quería ver a Jacob. Quizás estaba desarrollando una nueva clase de enfermedad, otro tipo de adicción, como lo había sido el aturdimiento antes, pero eso no me preocupaba. Conduje el coche lo más rápidamente que pude hasta salir disparada en dirección a mi dosis.
Jacob estaba esperándome. Se me empezó a relajar el pecho conforme lo vi, facilitándome la respiración.
—¡Hola, Bella! —me llamó.
Sonreí aliviada.
—Hola, Jacob —saludé con la mano a Billy, que estaba mirando por la ventana.
—Vamos a ponernos a trabajar —dijo Jacob con una voz baja pero entusiasta.
Yo pude reír sin saber cómo.
—Pero ¿de verdad no estás harto de mí ya? —le pregunté. Seguramente estaría empezando a preguntarse cuán desesperada tenía que estar yo por conseguir compañía.
Jacob encabezó el camino alrededor de la casa en dirección a su garaje.
—Qué va. Todavía no.
—Por favor, hazme saber cuándo empiezo a ponerte de los nervios. No quiero ser una pesada.
—Vale —se rió, y sonó como un gorgoteo—. Aunque, bueno, yo de ti no me preocuparía por eso.
Cuando llegamos al garaje, me quedé de una pieza al encontrarme la motocicleta roja en pie, con aspecto de moto real, más que de una pila de hierros retorcidos.
—Jake, eres sorprendente —jadeé.
Rompió a reír de nuevo.
—Me obsesiono cuando tengo cualquier proyecto entre manos —se encogió de hombros—. Aunque lo habría alargado un poco más si tuviera algo de cerebro.
—¿Por qué?
Miró hacia el suelo, parándose tanto rato que me pregunté si habría escuchado mi pregunta. Finalmente, inquirió:
—Bella, ¿que habrías hecho si te hubiera dicho que no podía arreglar las motos?
Yo tampoco respondí con rapidez, y él levantó la mirada para comprobar mi expresión.
—Te hubiera respondido que... tampoco era para tanto, que seguro que seríamos capaces de encontrar a alguien que pudiera hacerlo. Y si realmente nos hubiéramos sentido desesperados, incluso podríamos haber hecho alguna de las tareas del colegio.
Jacob sonrió y sus hombros se relajaron. Se sentó al lado de la moto y tomó una llave inglesa.
—Entonces, ¿me estás diciendo que seguirás viniendo cuando haya terminado?
—¿A eso es a lo que te referías? —sacudí la cabeza—. Y yo que suponía que me estaba aprovechando de tus poco reconocidas habilidades mecánicas. Estaré aquí tanto tiempo como me dejes seguir viniendo.
—¿Esperando a encontrarte con Quil de nuevo? —bromeó Jacob.
—Me has pillado.
Se rió entre dientes.
—¿De verdad que te gusta pasar el tiempo conmigo? —me preguntó, maravillado.
—Mucho. Muchísimo. Y te lo demostraré. Mañana tengo trabajo, pero el miércoles haremos algo que no tenga que ver con la mecánica.
—¿Como qué?
—No tengo ni idea. Podemos ir a mi casa, así no tendrás la tentación de continuar con tu obsesión. Puedes traerte los deberes del instituto, ya que debes de estar retrasándote, igual que yo.
—Lo de hacer las tareas es una buena idea —hizo una mueca y me pregunté cuántas cosas estaba dejando sin hacer por estar conmigo.
—Sí —asentí—. Tenemos que empezar a comportarnos de una forma responsable, o Billy y Charlie no se lo van a tomar tan bien como hasta ahora —hice un gesto refiriéndome a los dos como una sola entidad, cosa que le gustó porque sonrió abiertamente.
—¿Tareas una vez a la semana? —propuso.
—Mejor que sean dos —sugerí al pensar en la pila de trabajos que acababan de ponerme ese mismo día.
Suspiró pesadamente. Apartó su caja de herramientas y tomó una bolsa de papel de supermercado de donde sacó dos latas de soda. Abrió una y me la pasó. Luego abrió la segunda y la elevó ceremoniosamente.
—De aquí a la responsabilidad —brindó—. Dos veces por semana.
—Y a la imprudencia todos los días que queden —añadí yo con énfasis.
Sonrió e hizo chocar su lata con la mía.


Llegué a casa más tarde de lo planeado y me encontré con que Charlie había preferido encargar una pizza antes que esperarme. No me dejó que me disculpara.
—No importa —me aseguró—. De todos modos te mereces un descanso de la cocina.
Me di cuenta de que lo que realmente ocurría es que se sentía aliviado de que yo siguiera todavía comportándome como una persona normal, y desde luego, él no lo iba a echar a perder.
Comprobé el correo antes de comenzar con mis tareas caseras. Recibí un mensaje bastante largo de Renée. Se había regodeado en cada detalle de lo que le había contado, por lo que le devolví otra descripción exhaustiva de lo que había hecho en el día. Todo, salvo lo de las motos. Incluso la despreocupada Renée se alarmaría por una cosa como ésa.
El martes, en el instituto, tuvo sus momentos buenos y malos. Angela y Mike estaban dispuestos a recibirme de vuelta con los brazos abiertos, haciendo la vista gorda amablemente ante esos meses en los que yo había mostrado un comportamiento aberrante. Jess parecía más reacia. Me pregunté si es que necesitaba una disculpa formal, por escrito, por el incidente de Port Angeles.
Mike estuvo animado y charlatán en el trabajo. Parecía como si hubiera almacenado un semestre de temas de conversación y ahora los estuviera soltando todos. Descubrí que volvía a ser capaz de sonreír y reír con él, aunque no me salía con tanta naturalidad como con Jacob. Lo consideraba bastante inofensivo y una manera de pasar el tiempo.
Mike puso el cartel de cerrado en la ventana mientras yo doblaba mi chaleco y lo ponía bajo el mostrador.
—Lo he pasado muy bien esta noche —dijo Mike contento.
—Cierto —asentí, aunque la verdad es que habría preferido pasar la tarde en el garaje.
—Qué pena que la otra noche tuvieses que salirte de la película.
No entendí bien el camino que seguían sus pensamientos. Me encogí de hombros.
—Es que soy una rajada, me temo.
—Lo que quiero decir es que deberías ir a ver una película mejor, alguna que realmente pudieras disfrutar —me explicó.
—Oh —murmuré, todavía desorientada.
—Podría ser este viernes. Conmigo. Ya sabes, ir a ver algo que no te diera miedo bajo ningún concepto.
Me mordí el labio.
No quería cagarla con Mike, no cuando era una de las pocas personas que estaba dispuesta a perdonarme después de haber perdido la cabeza, pero esto también me pareció muy familiar. Como si el último año nunca hubiera existido. Me habría gustado que Jess me sirviera de excusa esta vez.
—¿Como si fuera una cita? —le pregunté. La honradez era quizás la mejor política llegados a este punto. Mejor enfrentarse a ello.
Él reconoció mi tono de voz.
—Si así lo quieres, pero no tiene por qué ser así.
—No quiero citas —repuse lentamente, dándome cuenta de cuánta verdad encerraba esa afirmación. Todo ese mundo me parecía increíblemente lejano.
—¿Sólo como amigos? —sugirió él. Sus ojos azul claro ya no mostraban entusiasmo. Deseé que él realmente creyera que podríamos ser amigos de alguna manera.
—Suena divertido, pero lo cierto es que tengo ya planes para este viernes, ¿qué tal la semana próxima?
—¿Qué vas a hacer? —preguntó, seguramente con más intención de la que quería mostrar.
—Tareas. Tengo que... estudiar con un amigo.
—Ah, vale. Quizás la semana que viene.
Me acompañó hasta mi coche, menos eufórico que antes. Aquello me trajo recuerdos muy nítidos de mis primeros meses en Forks. Había completado el ciclo y ahora lo sentía todo como un eco vacío, desprovisto del interés que solía tener.
La noche siguiente, Charlie no pareció para nada sorprendido de encontrarnos a Jacob y a mí tirados por el suelo del salón con nuestros libros desparramados alrededor, de modo que deduje que Billy y él habían estado hablando a nuestras espaldas.
—Hola, chicos —dijo mientras desviaba la mirada hacia la cocina donde me había pasado toda la tarde haciendo una lasaña, mientras Jacob miraba y la probaba de vez en cuando. El olor se extendía por el vestíbulo. La había hecho a conciencia, para expiar todas las pizzas que había tenido que pedir.
Jacob se quedó a cenar y se llevó un plato a casa para Billy. Consintió de mala gana en añadirme otro año en nuestras negociaciones sobre la edad por ser una buena cocinera.
El viernes estuvimos en el garaje, y el sábado, después de mi turno en el negocio de los Newton, tocó hacer las tareas en casa otra vez. Charlie confiaba tanto en mi nueva cordura que se pasó el día pescando con Harry. Cuando regresó, ya habíamos terminado todo, lo que, por cierto, nos hizo sentirnos muy maduros y responsables, y estábamos viendo un episodio de Monster Garage en el canal Discovery.
—Quizás debería irme ya —suspiró Jacob—. Es más tarde de lo que pensaba.
—Vale, de acuerdo —rezongué—. Te llevaré a casa.
Pareció agradarle lo reacio de mi expresión, y lanzó una carcajada.
—Mañana, de vuelta al trabajo —le dije, tan pronto como estuvimos a salvo en el coche—. ¿A qué hora quieres que vaya?
Sonrió al responderme con un entusiasmo contenido.
—Te llamaré antes, ¿de acuerdo?
—Bueno.
Torcí el gesto sin dejar de preguntarme qué se traía entre manos. Su sonrisa se ensanchó.


La mañana siguiente me dediqué a limpiar la casa mientras esperaba la llamada de Jacob, a la vez que intentaba sacarme de encima la última pesadilla. El escenario había cambiado. La última noche había estado vagando por un mar de helechos entre los cuales crecían enormes árboles de cicuta. No había allí nada más, y yo me había perdido, vagabundeando sola y sin dirección, sin saber lo que buscaba. Hubiera querido darme de patadas por la estúpida excursión de la última semana. Intenté sacar el sueño de mi mente consciente, esperando que se quedara metido en alguna otra parte y no volviera a escapar de allí.
Charlie estaba fuera lavando el coche patrulla así que, cuando sonó el teléfono, solté la escobilla del baño y corrí escaleras abajo para responder.
—¿Diga? —contesté casi sin aliento.
—Bella —dijo Jacob, con un extraño tono formal de voz.
—Hola, Jake.
—Creo que... tenemos una «cita» —entonó la palabra con segundas intenciones.
Me llevó más de un segundo pillar la indirecta.
—¿Están terminadas? —justo a tiempo. Necesitaba algo que me distrajera de pesadillas y vacíos.
—Sí, andan y todo.
—Jacob eres, sin ningún género de duda, la persona de mayor talento y más maravillosa que conozco. Te concedo diez años sólo por esto.
—¡Guay! Ya soy una persona madura.
Me reí.
—¡Y yo pronto lo conseguiré!
Dejé las cosas del baño en el armarito y tomé la chaqueta.
—Vas a ver a Jake —dijo Charlie al verme pasar a toda velocidad. En realidad, no me lo estaba preguntando.
—Sí —repliqué mientras saltaba al interior de mi coche.
—Luego, me iré a la comisaría —me gritó Charlie cuando ya estaba dentro.
—¡Vale! —grité de vuelta, girando la llave de contacto.
Charlie añadió algo más, pero el rugido del motor impidió que le escuchara con claridad. Me sonó a algo así como: «¿Dónde está el fuego?».
Aparqué el coche en un costado de la casa de los Black, cerca de los árboles, para que resultara más fácil sacar las motos a hurtadillas. Una mancha de colores captó mi atención nada más echar pie a tierra; eran las dos relucientes motos —una roja y otra negra— escondidas debajo de una pícea, lo que las hacía invisibles desde la casa. Jacob se había preparado bien.
Le había puesto un pequeño lazo azul a cada uno de los manillares. Esto me hizo reír mucho y aún seguía riéndome cuando Jacob salió de la casa.
—¿Preparada? —me preguntó en voz baja, con los ojos chispeantes.
Miré por encima de su hombro y no vi ni rastro de Billy.
—De acuerdo —contesté, pero ya no estaba tan entusiasmada como antes; estaba intentando imaginarme a mí misma montada de verdad encima de la moto.
Jacob las metió con facilidad en la parte posterior del coche, y las tumbó de lado de modo que no se vieran.
—Vámonos —me animó, con la voz algo más aguda de lo habitual por la excitación—. Conozco un sitio perfecto; nadie nos verá allí.
Salimos fuera de la ciudad y condujimos en dirección sur. La carretera polvorienta salía y entraba del bosque y algunas veces sólo veíamos árboles. Y de repente, surgió una espectacular panorámica del océano Pacífico que llegaba hasta el horizonte, de color gris oscuro bajo las nubes. Estábamos por encima de la playa, sobre los acantilados que bordeaban la costa y la vista parecía perderse hacia el infinito.
Conduje despacio para poder echar una ojeada de vez en cuando al mar sin correr peligro, especialmente cuando la carretera se ceñía a los acantilados. Jacob hablaba sobre cómo había terminado las motos, pero su descripción era muy técnica para mí, así que no presté demasiada atención.
Fue entonces cuando descubrí cuatro figuras de pie en un saliente rocoso, demasiado cercanas al precipicio. No podía calcular sus edades a semejante distancia, pero supuse que eran varones. A pesar de que el aire era helado, me pareció que únicamente llevaban pantalones cortos.
Mientras los observaba, el más alto dio unos pasos hacia el borde. Disminuí la velocidad automáticamente, con el pie aún dubitativo sobre el pedal de freno.
Entonces, se arrojó por el precipicio.
—¡No! —grité, golpeando el freno con una pisotón.
—¿Qué pasa? —gritó Jacob a su vez, alarmado.
—¡Ese chico... acaba de saltar por el borde del acantilado! ¿Por qué no se lo han impedido? ¡Tenemos que llamar a una ambulancia! —abrí mi puerta de un golpe y salté fuera, aunque eso no tenía ningún sentido. La manera más rápida de llegar a un teléfono consistía en conducir de vuelta a casa de Billy. Pero todavía no me podía creer lo que había visto. Quizás, de modo subconsciente, esperaba ver algo distinto sin tener por medio el cristal del parabrisas.
Jacob se rió y yo me giré con rapidez para mirarle furiosa. ¿Cómo podía demostrar esa insensibilidad y esa crueldad?
—Sólo están haciendo salto de acantilado, Bella. Es un pasatiempo. Ya sabes, La Push no tiene centro comercial —aunque bromeaba, había una extraña entonación irritada en su voz.
—¿Salto de acantilado? —repetí, atónita. Sin podérmelo creer todavía, vi que otra figura se subía al borde, hacía una pausa, y entonces saltaba al espacio vacío de forma airosa. Cayó durante lo que me pareció una eternidad y al final se introdujo con suavidad entre las oscuras olas grises de allá abajo.
—¡Guau! ¡Con lo alto que está...! —volví a deslizarme en mi asiento, aún mirando con los ojos abiertos como platos a los dos saltadores que quedaban—. Deben de ser lo menos treinta metros.
—Bueno, vale, la mayoría saltamos de más abajo, desde esa roca que sobresale del acantilado a mitad de camino entre donde están ellos y el mar —señaló un punto a través de su ventanilla que desde luego parecía una altura mucho más razonable—. Esos chicos están mal de la cabeza. Probablemente lo único que pretenden demostrar es lo duros que son. Lo que quiero decir es que hoy hace mucho frío y el agua no debe de ser ninguna delicia —hizo una mueca de desagrado, como si la proeza le disgustara personalmente. Me sorprendió un poco. Jamás hubiera pensado que habría algo que le enfadara.
—¿Tú también has saltado desde el acantilado? —no se me había escapado ese «nosotros».
—Claro, claro —se encogió de hombros y mostró una amplia sonrisa—. Es divertido. Da un poco de miedo y algo de agobio.
Volví a fijar la mirada en los acantilados, mientras la tercera figura se acercaba al borde. Nunca había sido testigo de algo tan temerario en mi vida. Se me abrieron los ojos de admiración, y sonreí.
—Jake, tienes que llevarme a hacer salto de acantilado.
Volvió el rostro hacia mí, con el ceño fruncido y una expresión de clara desaprobación.
—Bella, te recuerdo que has estado a punto de llamar una ambulancia para Sam —señaló. Me sorprendió que hubiera reconocido quién era a esa distancia.
—Quiero intentarlo —insistí, y me volví para salir de nuevo del coche.
Jacob me agarró de la muñeca.
—Pero no hoy, ¿vale? ¿No podríamos esperar por lo menos a un día más cálido?
—Vale, de acuerdo —asentí, ya que estaba de acuerdo en eso. Al abrir la puerta, la brisa helada me estaba poniendo la carne de gallina—. Pero quiero ir pronto.
—Pronto —puso los ojos en blanco—. Algunas veces te comportas de una manera muy rara, Bella. ¿Lo sabes, no?
Suspiré.
—Sí.
—No saltaremos desde lo más alto.
Miré fascinada la forma en que el tercer chico tomaba carrerilla y se alzaba en el aire a más distancia que los otros dos. Giró sobre sí mismo y dio una voltereta lateral mientras caía, como si estuviera haciendo paracaidismo acrobático. Parecía disfrutar de una libertad absoluta, irreflexiva y completamente irresponsable.
—Vale —acordé—. Al menos, no la primera vez.
Ahora fue Jacob el que suspiró.
—¿Vamos a probar ahora las motos o no? —inquirió.
—Vale, venga —contesté, apartando con dificultad la mirada de la última persona que aguardaba en el acantilado. Me abroché otra vez el cinturón y cerré la puerta. El motor seguía encendido, rugiendo, a pesar de estar al ralentí. Volvimos a la carretera otra vez.
—Bueno, ¿y quiénes eran esos chicos, los locos? —le pregunté.
Él hizo un sonido de disgusto que salió de lo más hondo de su garganta.
—La banda de La Push.
—¿Tenéis una banda? —pregunté. Me di cuenta de que sonaba como si estuviese impresionada por ello.
Mi reacción le dio risa.
—Bueno, no tanto como eso. Te lo juro, son como vigilantes jurados que se hubieran vuelto locos. No arman peleas, se dedican a mantener la paz —bufó—. Por ejemplo, mira lo que pasó con aquel chico que vino de algún sitio cerca de la reserva de Makah, uno bien grande, con una pinta que daba miedo. Bueno, se corrió el rumor de que vendía alcohol a los críos y Sam Uley y sus discípulos le echaron de nuestras tierras. Se pasan todo el día hablando de nuestra tierra, el orgullo de la tribu... Es algo ridículo. Lo peor del asunto es que el consejo los toma en serio. Embry me dijo que el consejo suele mantener reuniones con Sam —sacudió la cabeza con el rostro lleno de resentimiento—. Embry también oyó, porque se lo contó Leah Clearwater, que se llaman a sí mismos «protectores» o algo parecido.
Las manos de Jacob se habían convertido en puños, como si deseara golpear a alguien. Nunca había visto este otro lado suyo.
Me sorprendió escuchar el nombre de Sam Uley. No quería volver a evocar las imágenes de mi pesadilla, así que hice una observación rápida para distraerme.
—A ti no te gustan demasiado.
—¿Se nota mucho? —preguntó sarcásticamente.
—Bueno... no parece que estén haciendo nada malo —intenté suavizárselo, para que volviera a poner buena cara—. Más que una banda, parecen un grupo de irritantes niñatos resabiados.
—Sí, lo de irritantes es una palabra que les va como anillo al dedo. Se pasan todo el día fanfarroneando por ahí, como con lo del salto de acantilado. Ellos actúan... bueno, no sé, como tipos duros. Un día del pasado semestre Quil, Embry y yo estábamos dando una vuelta por la tienda, y Sam se pasó por allí con sus seguidores, Jared y Paul. Quil dijo algo, ya sabes que es un bocazas, y Paul se cabreó. Los ojos se le oscurecieron, y mostró una especie de sonrisa, aunque más que sonreír, lo que hizo fue enseñar los dientes como un poseso, y empezó a temblar o algo parecido. Entonces, Sam le puso la mano en el pecho y sacudió la cabeza. Paul le miró un minuto o así y se calmó. Lo cierto es que era como si Sam le estuviera sujetando, como si Paul hubiera estado dispuesto a hacernos pedazos si Sam no lo hubiera parado —gruñó—, como en las películas malas del oeste. Ya sabes, Sam es un tío muy grande, tiene los veinte bien cumplidos mientras que Paul sólo tiene dieciséis años, como nosotros, es más bajo que yo y no está tan cachas como Quil. Creo que cualquiera de nosotros podría con él sin problemas.
—Chicos duros —asentí, mostrándome de acuerdo. Podía reconstruirlo en mi cabeza tal como él lo había contado y me recordó algo... un trío de hombres altos, morenos, de pie, juntos y muy quietos en el salón de mi padre. Sólo me acordaba de la imagen de refilón, porque mi cabeza estaba apoyada en el sofá mientras el doctor Gerandy y Charlie se inclinaban sobre mí... ¿Eran ellos, la banda de Sam?
Volví a hablar con rapidez para esquivar esos recuerdos tan deprimentes.
—¿Y no es Sam un poco mayor ya para este tipo de cosas?
—Claro. Se suponía que iba a ir a la universidad, pero se ha quedado aquí sin que nadie haya dicho una mierda sobre el tema. Todo el consejo se le echó encima a mi hermana cuando dejó perder una beca parcial y se casó, pero, claro, Sam Uley no mete nunca la pata.
Su rostro mostraba ahora una expresión indignada y además había algo más que no reconocí al principio.
—Realmente todo esto suena irritante y extraño, pero no entiendo por qué te lo tomas de una manera tan personal —le eché una ojeada a la cara, esperando no haberle molestado. Se había tranquilizado de pronto, mirando por la ventanilla lateral.
—Te acabas de pasar la desviación —dijo con voz serena.
Realicé una vuelta en herradura y estuve a punto de chocar contra un árbol, ya que me vi obligada a salirme un buen trozo fuera de la carretera.
—Gracias por el aviso —murmuré al tomar de nuevo el carril correspondiente.
—Perdona, no he prestado atención.
Se quedó inmóvil durante un minuto escaso.
—Puedes pararte por aquí, donde tú quieras —dijo en voz baja y sin mirarme.
Aparqué y apagué el motor. Los oídos me zumbaban en el silencio que siguió. Salimos ambos del coche y Jacob se dirigió a la parte trasera del coche para sacar las motos. Intenté leer su expresión. Había algo más que le molestaba. Había tocado alguna fibra sensible.
Sonrió sin muchas ganas mientras empujaba la moto roja hasta ponerla a mi lado.
—Feliz cumpleaños tardío. ¿Te sientes preparada?
—Eso creo —de repente la moto me intimidaba y me asustaba. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que tendría que montarla.
—Nos lo tomaremos con calma —me prometió. Apoyé la moto con cuidado contra el guardabarros del coche, mientras él iba a recoger la suya.
—Jake... —dudé al hablarle, mientras él caminaba tranquilamente bordeando el coche.
—¿Sí?
—¿Qué es lo que realmente te molesta? Me refiero a lo de Sam... ¿Hay algo más? —observé su rostro. Hizo una mueca, pero no parecía enfadado. Miró hacia el suelo y frotó su zapato contra la rueda delantera de su moto una y otra vez, como si se estuviera tomando tiempo para algo. Suspiró.
—Es sólo... el modo en que me tratan. Me enferma —ahora las palabras se atropellaban unas a otras para salir—. Ya sabes, se supone que el consejo se compone de iguales, pero si hubiera un líder, ése tendría que ser mi padre. Nunca he conseguido averiguar por qué la gente lo trata de la manera en que lo hace ni tampoco por qué su opinión es la que más cuenta. Creo que tiene algo que ver con su padre y su abuelo. Mi bisabuelo, Ephraim Black, fue algo así como el último jefe que tuvimos, y si aún escuchan a Billy, quizás se deba a eso. Pero yo soy como otro cualquiera. Nadie me trata de forma especial..., al menos hasta ahora.
Esto me pilló con la guardia baja.
—¿Sam te trata de forma especial?
—Algo así —asintió, mirándome con ojos preocupados—. Me mira como si estuviese esperando algo..., como si algún día yo fuera a unirme a su estúpida banda. Me presta más atención que a los otros chicos. Le odio.
—Tú no tienes que unirte a nada —mi voz sonó enfadada. Este asunto le estaba molestando de verdad y me enfureció—. ¿Quiénes se creen que son esos «protectores»?
—Eso es —su pie continuó golpeando rítmicamente la rueda.
—¿Qué? —hubiera jurado que había más.
Frunció el ceño y sus cejas se arquearon de un modo que le hacían parecer más triste y preocupado que enfadado.
—Es Embry. Últimamente me evita.
Aunque los pensamientos no parecían guardar conexión alguna entre sí, me pregunté si yo no tendría alguna culpa en los problemas con su amigo.
—Has estado saliendo mucho conmigo —le recordé, sintiéndome egoísta. Le había estado monopolizando.
—No, no es eso. No es sólo a mí. También evita a Quil y a todos. Faltó toda una semana al colegio, pero nunca estaba en casa cuando iba a verle. Y cuando regresó, parecía... parecía flipado. Aterrorizado. Quil y yo intentamos que nos contara qué iba mal, pero no ha querido hablar con ninguno de nosotros.
Miré fijamente a Jacob, mordiéndome el labio inferior con ansiedad, ya que él parecía realmente asustado, pero no me correspondió la mirada. Se limitó a observar su pie golpeando el caucho como si perteneciera a otra persona. El ritmo se incrementó.
—Y entonces esta semana, como si nada, Embry apareció con Sam y los demás. Hoy también estaba en los acantilados —su voz se había atenuado y sonaba tensa.
Finalmente me miró.
—Bella, ellos le han estado rondado todo el tiempo, incluso más que a mí. Embry no quería tener nada que ver con ellos y ahora, de repente, sigue a Sam como si se hubiera unido a una secta.
»Y así es como ocurrió con Paul. Exactamente igual. No era amigo de Sam en absoluto. Después, dejó de venir a la escuela un par de semanas y, cuando volvió, súbitamente pertenecía a Sam. No sé lo que esto significa. No tengo la menor idea y siento que debería hacer algo, ya que Embry es mi amigo y Sam pone cara de burla cuando me mira y... —dejó inacabada la frase.
—¿Has hablado de esto con Billy? —le pregunté. Su miedo se estaba extendiendo hasta alcanzarme. Sentía cómo me recorrían la nuca los escalofríos.
Ahora, la ira afloró a su rostro.
—Sí —bufó—, y sirvió de gran ayuda.
—¿Qué te dijo?
La expresión de Jacob fue sarcástica y, cuando habló, su voz parodió burlonamente la entonación profunda de la voz de su padre.
—No es nada de lo que tengas que preocuparte ahora, Jacob. Dentro de unos años, si tú no... bueno, te lo explicaré más adelante —ahora su voz volvió a ser la suya—. ¿Qué se supone que tengo que entender de esa explicación? ¿Está intentando decirme que es alguna estúpida cosa relativa a la pubertad o algún rito de paso a la edad adulta? Parece algo más. Algo chungo.
Se mordió el labio inferior y se retorció las manos. Parecía a punto de echarse a llorar.
Le abracé de forma instintiva, envolviendo su cintura con mis brazos y presionando mi rostro contra su pecho. Era tan grande que me sentía como una niña abrazando a un adulto.
—¡Oh, Jake, todo va a ir bien! —le prometí—. Si las cosas se ponen peor, puedes venirte a vivir conmigo y con Charlie. ¡No tengas miedo, ya pensaremos en algo!
Se quedó rígido durante un segundo y luego sus largos brazos me envolvieron titubeantes.
—Gracias, Bella —su voz era más hosca de que costumbre.
Estuvimos así un momento y no me molestó; de hecho, el contacto me sirvió de consuelo. No había sentido nada parecido desde la última vez que alguien me habla abrazado así. Esto era amistad. Y Jacob era una persona muy cálida.
Me resultaba extraña esa cercanía a otro ser humano, más desde el punto de vista emocional que del físico, aunque también lo físico me pareciera raro. No era mi estilo habitual. Normalmente no me relacionaba con la gente con tanta facilidad, a un nivel tan básico.
Desde luego, no con seres humanos.
—Si es así como vas a reaccionar siempre, creo que se me va a ir la olla más a menudo —su voz sonó ahora ligera, otra vez normal, y su risa retumbó en mi oído. Me exploró el pelo con los dedos, con suavidad y de forma vacilante.
Bueno, era amistad al menos para mí.
Me retiré con rapidez, riéndome con él, pero decidida a poner las cosas en su sitio de una vez.
—Es difícil de creer que soy dos años mayor que tú —dije, enfatizando la palabra «mayor»—. Me haces sentir como una enana —estando tan cerca de él, realmente tenía que estirar el cuello para verle la cara.
—Se te ha olvidado que ando ya por los cuarenta, claro.
—Oh, claro.
Me dio unos golpecitos en la cabeza.
—Eres como una muñequita —bromeó—. Una muñeca de porcelana.
Puse los ojos en blanco y di un paso hacia atrás.
—Espero que no me salgan grietas blancas.
—En serio, Bella, ¿estás segura de que no las tienes? —apretó su brazo cobrizo contra el mío. La diferencia era estremecedora—. No he visto a nadie más pálido que tú... Bueno, a excepción de... —se interrumpió y yo miré hacia otro lado intentando no dar paso en mi mente a lo que él había estado a punto de decir—. Pero bueno, ¿vamos a montar en las motos, o qué?
—Vamos allá —acordé, con más entusiasmo del que había sentido hacía medio minuto. Su frase inacabada me había recordado el motivo por el que estábamos allí.

Amigos


No fue necesario esconder las motos, simplemente bastó con colocarlas en el cobertizo de Jacob. La silla de ruedas de Billy no tenía posibilidades de maniobrar por el terreno desigual que se extendía hasta la casa.
Jacob comenzó de inmediato a desmontar en piezas la moto roja, la que sería mía. Abrió la puerta del copiloto del Golf de modo que pudiera acomodarme en el asiento en vez de tener que hacerlo en el suelo. Mientras trabajaba, Jacob parloteó felizmente sin que yo tuviera que esforzarme mucho para mantener viva la conversación. Me puso al corriente sobre cómo le iban las cosas en su segundo año de instituto, y me contó todo sobre sus clases y sus dos mejores amigos.
—¿Quil y Embry? —le interrumpí—. Son nombres bastantes raros.
Jacob rió entre dientes.
—Quil es el nombre de una prenda usada y creo que Embry consiguió su nombre de una estrella de un culebrón. Pero no se les puede decir nada. Se lo toman mal si mencionas el tema, ¡y se te echan encima después!
—Buenos amigos, entonces —enarqué una ceja.
—No, sí que lo son. Sólo que no te metas con sus nombres.
En ese momento, se escuchó una llamada en la distancia.
—¿Jacob? —gritó una voz.
—¿Ése es Billy? —pregunté.
—No —Jacob dejó caer la cabeza y pareció sonrojarse bajo su piel morena—. Mienta al diablo —masculló—, y el diablo aparecerá.
—¿Jake? ¿Estás ahí?
La voz se oyó más cerca.
—¡Sí! —Jacob devolvió el grito y luego suspiró.
Esperamos durante un breve lapso de tiempo hasta que dos chicos altos de piel oscura dieron la vuelta a la esquina y llegaron al cobertizo.
Uno era enjuto y casi tan alto como Jacob. El pelo negro le llegaba hasta la barbilla y tenía la raya en medio. Un mechón le caía suelto a un lado de la cara y el otro lo llevaba remetido detrás de la oreja. El más bajo también era más corpulento. Su camiseta blanca se ceñía a su pecho bien desarrollado y desde luego se le notaba lo feliz que eso le hacía. Llevaba el pelo corto, a la moda.
Ambos se detuvieron de golpe en cuanto me vieron. El chico delgado deslizó la mirada rápidamente de Jacob a mí, y el más musculoso no dejó de observarme mientras una sonrisa se extendía lentamente por su rostro.
—Hola, chicos —Jacob los saludó con pocas ganas.
—Hola, Jake —contestó el más bajo, sin apartar la vista de mí. Tuve que corresponderle con otra sonrisa, a pesar de su mueca picara. Cuando lo hice, me guiñó el ojo—. Hola a todos.
—Quil, Embry, os presento a mi amiga, Bella.
Todavía no sabía quién era quién, pero Quil y Embry intercambiaron una mirada intencionada entre los dos.
—La hija de Charlie, ¿no? —me preguntó el chico musculoso al tiempo que me tendía la mano.
—Cierto —le confirmé, al estrechársela. Su apretón era firme, parecía que estaba flexionando sus bíceps.
—Yo soy Quil Ateara —me anunció presuntuosamente, antes de soltarme la mano.
—Encantada de conocerte, Quil.
—Hola, Bella. Soy Embry, Embry Call, aunque imagino que ya lo suponías —Embry sonrió con timidez y me saludó con una mano, que introdujo rápidamente en el bolsillo de los vaqueros.
Yo asentí.
—Encantada de conocerte, también.
—Y bien, ¿qué estáis haciendo, chicos? —preguntó Quil, sin dejar de mirarme.
—Bella y yo vamos a reparar estas motos —la explicación de Jacob era poco exacta, pero motos parecía ser una palabra mágica. Ambos se acercaron para examinar el trabajo de Jacob, asaeteándole con multitud de preguntas. La mayor parte de las palabras que usaron eran incomprensibles para mí, y supuse que había que tener el cromosoma Y para entender realmente todo aquel entusiasmo.
Estaban todavía inmersos en aquella charla sobre componentes y piezas cuando decidí que necesitaba regresar a casa antes de que Charlie apareciera por allí. Con un suspiro, me deslicé fuera del Golf.
Jacob me lanzó una mirada de disculpa.
—Te estamos aburriendo, ¿no?
—Qué va —no era una mentira. Estaba disfrutando—. Lo que pasa es que tengo que hacerle la cena a Charlie.
—Oh... Bien, terminaré de desmontar las piezas esta noche y averiguaré qué más necesito para poder reconstruirlas. ¿Cuándo quieres que volvamos a trabajar en ellas de nuevo?
—¿Puedo volver mañana? —los domingos eran la pesadilla de mi existencia. Nunca había trabajo suficiente para mantenerme ocupada.
Quil le dio un codazo a Embry e intercambiaron muecas.
Jacob sonrió encantado.
—¡Eso es genial!
—Podemos ir a comprar los componentes si haces una lista —sugerí.
El rostro de Jacob mostró una ligera decepción.
—Todavía no estoy seguro de que te vaya a dejar pagarlo todo.
Sacudí la cabeza.
—Nada de nada. Yo pondré los fondos para esto. Tú sólo tienes que aportar el trabajo y la maña.
Embry puso los ojos en blanco dirigiéndose a Quil.
—No me parece bien —Jacob sacudió la cabeza.
—Jake, si las llevo a un mecánico, ¿cuánto me costaría? —le señalé.
Él sonrió.
—Vale.
—Y eso sin mencionar las lecciones para aprender a montar —añadí.
Quil sonrió ampliamente a Embry y le susurró algo que no capté. La mano de Jacob salió disparada y golpeó la nuca de Quil.
—Ya está bien, largaos —masculló.
—No, de verdad, tengo que irme —protesté, dirigiéndome hacia la puerta—. Te veré mañana, Jacob.
Tan pronto como estuve fuera de su vista, escuché aullar a Quil y Embry, a coro:
—¡Uauuuuu...!
A lo que siguió el sonido de una buena refriega, salpicada con unos cuantos quejidos y gritos de dolor.
—Como a alguno de vosotros se le ocurra poner el pie por estos lares mañana... —escuché cómo les amenazaba Jacob.
Su voz se fue perdiendo conforme me alejaba entre los árboles.
Reí bajito y en silencio. Oírme a mí misma hizo que se me dilataran las pupilas, maravillada. Estaba riéndome, riéndome de verdad y allí no había nadie mirándome. Me sentía ligera, sin peso, tanto que volví a reírme, y esto hizo que la sensación durara un poco más.
Conseguí llegar a casa antes que Charlie. Cuando él entró, estaba sacando el pollo frito de la sartén y apilándolo sobre unas servilletas de papel.
—Hola, papá —le devolví una sonrisa rápida.
Antes de que pudiera recomponer su expresión, pude percibir la sorpresa que revoloteó por su rostro.
—Hola, cielo —dijo, con la voz insegura—. ¿Te lo pasaste bien con Jacob?
Empecé a llevar la comida a la mesa.
—Sí, claro.
—Bueno, eso está bien —todavía parecía cauteloso—. ¿Qué hicisteis?
Ahora era el momento de mostrarme prudente.
—Estuve allí, por el garaje, y le acompañé mientras trabajaba. ¿Sabes que está remodelando un Volkswagen?
—Ah, sí, creo que Billy mencionó algo.
Charlie tuvo que interrumpir el interrogatorio cuando empezó a masticar, pero no dejó de estudiar mi rostro durante la cena.
Cuando terminamos, anduve dando vueltas por allí, limpiando la cocina hasta dos veces y después hice los deberes despacito en la habitación de la entrada, mientras él veía un partido de hockey. Esperé tanto como pude, pero al final Charlie me recordó lo tarde que era. Como no le respondí, se levantó, se estiró y después se marchó, apagando la luz al salir. Le seguí sin muchas ganas.
Mientras subía las escaleras, esa sensación anormal de bienestar que había experimentado desde el final de la tarde se fue escurriendo de mi cuerpo, al tiempo que me iba invadiendo un miedo sordo ante lo que me tocaba pasar a partir de ahora.
Ya no me sentía aturdida. Esa noche volvería a ser, sin duda, tan terrorífica como la anterior. Me tumbé en la cama y me acurruqué en una bola, preparándome para el ataque. Apreté los ojos, bien cerrados y... la siguiente cosa que recuerdo es que ya era por la mañana.
Miré, sin podérmelo creer, la pálida luz plateada que se derramaba a través de mi ventana.
Había dormido sin soñar ni gritar por primera vez en más de cuatro meses. No podía decir qué emoción era más fuerte, si el alivio o el estupor.
Me quedé quieta en la cama unos minutos, esperando a que todo regresara de nuevo. Porque, sin duda, tenía que ocurrir algo. Si no el dolor, al menos el aturdimiento. Esperé, pero no pasó nada, y entonces me sentí más relajada de lo que me había sentido en mucho tiempo.
No confiaba en que aquello durara mucho. Me balanceaba en un equilibrio precario, resbaladizo, y no tardaría mucho en caerme. Sólo el hecho de estar mirando mi habitación con esos ojos súbitamente despejados, notando lo extraña que parecía, tan ordenada, como si nadie viviera allí, ya era peligroso de por sí.
Deseché aquel pensamiento y me concentré, mientras me vestía, en el hecho de que ese día vería a Jacob otra vez. La idea me hizo sentirme casi... esperanzada. Quizás todo sería como el día anterior. Quizás no tendría que volver a recordarme a mí misma cómo parecer interesada en las cosas o cómo asentir y sonreír en los momentos adecuados, del mismo modo que había estado haciendo durante todo este tiempo. Quizás... Aunque, de todos modos, no confiaba en que esto durara mucho. Tampoco podía confiar en que las cosas se desarrollaran como el día anterior, que fuera tan fácil. No me iba a permitir una decepción así.
Durante el desayuno, Charlie siguió mostrándose cauteloso e intentó ocultar el examen al que me sometía. Mantenía la vista fija en sus huevos revueltos mientras creía que no le miraba.
—¿Qué tienes previsto para hoy? —me preguntó, observando con insistencia un hilo suelto del borde de su manga e intentando simular que no prestaba atención a mi respuesta.
—Creo que saldré a dar una vuelta con Jacob otra vez.
Asintió sin levantar la mirada.
—Ah —comentó.
—¿Te importa? —fingí preocuparme—. Podría quedarme...
Alzó la mirada rápidamente, con una chispa de pánico en los ojos.
—No, no. Sigue con tus planes. De todas formas Harry se vendrá a ver conmigo el partido.
—Quizás Harry podría traerse a Billy —sugerí. Cuantos menos testigos, mejor.
—Es una gran idea.
No estaba segura de si el partido era la excusa para empujarme a salir, pero desde luego se le veía bastante entusiasmado. Se encaminó hacia el teléfono mientras yo recogía mi impermeable. Era perfectamente consciente del peso del talonario de cheques en el bolsillo de mi chaqueta. Jamás lo había usado hasta ahora.
Fuera, el agua caía como si se derramara de un cubo. Tuve que conducir a menos velocidad de la deseada —apenas veía lo que tenía delante de mí—, pero finalmente conseguí salir de las calles cenagosas en dirección a casa de Jacob. La puerta principal se abrió antes de que apagara el motor y él salió corriendo bajo un enorme paraguas negro.
Se asomó por encima de mi puerta cuando la abrí.
—Ha llamado Charlie diciendo que estabas en camino —explicó con una sonrisa.
Sin tener que hacer ningún esfuerzo y sin ninguna orden consciente, los músculos que rodeaban mis labios se contrajeron y respondieron a su sonrisa con otra que se extendió por mi rostro. Un extraño sentimiento de calidez me inundó la garganta, a pesar de la lluvia helada que se estrellaba contra mis mejillas.
—Hola, Jacob.
—Buena idea, hacer que invitaran a Billy.
Alzó su mano para chocar los cinco. Tuve que estirarme tanto para alcanzar su mano que se rió.
Harry apareció para llevarse a Billy sólo unos minutos después. Jacob me dio una vuelta por su pequeña habitación para enseñármela, mientras hacíamos tiempo para quedarnos a salvo de posibles supervisores.
—Bueno, ¿y adonde vamos, señor Buena Pieza? —inquirí, tan pronto como la puerta se cerró detrás de Billy.
Jacob sacó un papel doblado de su bolsillo y lo alisó.
—Empezaremos primero por el vertedero, a ver si tenemos suerte. Esto puede ser un poco caro —me avisó—. Esas motos van a necesitar un montón de piezas antes de que podamos ponerlas en marcha otra vez.
Como mi rostro no le pareció suficientemente preocupado, continuó:
—Estoy hablando quizás de más de cien dólares.
Saqué mi chequera, me abaniqué con ella y puse los ojos en blanco ante su rostro preocupado.
—Creo que nos alcanzará.
Resultó ser un día bastante extraño, ya que lo pasé realmente bien, incluso en el vertedero, bajo la lluvia y el fango que me llegaba hasta los tobillos. Me pregunté al principio si sólo era resultado de la desaparición del aturdimiento, pero no me satisfizo del todo la explicación.
Empezaba a pensar que se debía principalmente a Jacob. No era sólo que siempre estuviese tan contento de verme o que no me mirara de reojo, a la espera de que hiciera algo que me hiciese parecer loca o deprimida. No tenía que ver conmigo en absoluto.
Era el mismo Jacob. Simplemente, Jacob era esa clase de persona que siempre se muestra feliz, y que acarrea esa felicidad como un aura, llevándola a toda la gente que le rodea. Igual que un sol ceñido a la Tierra, sea quien sea el que entre en su órbita gravitacional, es irremediablemente atraído por su calidez. Para él, era algo natural, formaba parte de sí mismo. No resultaba tan extraño que estuviera deseando verle.
Incluso cuando se refirió al enorme agujero abierto en mi salpicadero, no me inundó el pánico como tendría que haber sucedido.
—¿Se te rompió el estéreo? —me preguntó.
—Así es —le mentí.
Hurgó un poco en la cavidad.
—¿Quién se lo llevó? Ha hecho un buen destrozo...
—Fui yo —admití.
Se echó a reír.
—Pues quizá sea mejor que no toques mucho las motos.
—Sin problemas.
Tal y como había dicho Jacob, probamos suerte en el vertedero. Se extasió al encontrar en ese lugar diversas piezas de metal retorcido ennegrecidas por la grasa. Me impresionó de veras que pudiera identificarlas.
Desde allí fuimos al Checker Auto Parts que había más abajo, en Hoquiam. Teniendo en cuenta la velocidad de mi coche, eso suponía más de dos horas de conducción en dirección sur por la sinuosa autopista, pero el tiempo pasaba cómodamente al lado de Jacob. Charloteaba sobre sus amigos y el instituto y me sorprendí a mí misma haciendo preguntas, pero no para disimular, sino realmente curiosa por saber las respuestas.
—Estoy llevando yo toda la conversación —se quejó, después de haberme contado una larga historia acerca de Quil y el problema en el que se habla metido al pedirle salir a la novia de un chico del último curso—. ¿Por qué no hablas ahora tú? ¿Qué tal va todo en Forks? Seguro que es más excitante que La Push.
—Qué va —suspiré—. En realidad, no pasa nada. Tus amigos son mucho más interesantes que los míos. Me gustan. Quil es muy divertido.
Frunció el ceño.
—A Quil también le gustas tú.
Yo me reí.
—Pues es un poco joven para mí.
El ceño de Jacob se acentuó.
—No es mucho más joven que tú. Sólo un año y unos meses.
Me dio la sensación de que ya no estábamos hablando de Quil. Mantuve la voz en un tono ligero, bromista.
—Seguro que sí. Pero considerando la diferencia de madurez entre chicos y chicas ¿no tendrías que contarlo en años similares a los de los perros? ¿Y eso qué me hace, unos doce años mayor?
Se rió al tiempo que levantaba los ojos al cielo.
—Vale, pero si te vas a poner picajosa con eso, también tendremos que considerar el tamaño. Eres tan pequeña que vamos a tener que descontarte diez años del total.
—Uno sesenta y cuatro está totalmente dentro de la media —bufé—. No es culpa mía que seas un fenómeno.
Bromeamos de esta guisa hasta Hoquiam, todavía discutiendo sobre la fórmula correcta para discernir la edad —perdí dos años más porque no sabía cambiar una rueda, pero gané uno por ocuparme de las cuentas de la casa— hasta que llegamos al Checker y Jacob tuvo que concentrarse en nuestro asunto otra vez. Encontró todo lo que quedaba en la lista y se mostró confiado en hacer grandes progresos con nuestro botín.
Cuando llegamos a La Push, yo estaba en los veintitrés y él en los treinta, porque, desde luego, no paraba de acumular habilidades.
Se me había olvidado incluso el motivo por el que estábamos haciendo esto. Pero, aunque me estaba divirtiendo más de lo concebible, no había dejado de ser fiel a mi deseo original. Todavía quería romper el trato. No tenía sentido, pero en realidad, no me importaba. Iba a intentar desafiar el peligro todo lo que pudiera sin salir de Forks. No estaba dispuesta a ser la única que sostuviera su parte del contrato, un contrato vacío. Aunque sin duda, pasar el tiempo en compañía de Jacob era un beneficio extra que no había previsto.
Billy aún no había regresado, así que no tuve que andar mintiendo sobre lo que habíamos estado haciendo durante el día. Tan pronto como colocamos todo en la lona de plástico que había al lado de la caja de herramientas, Jacob se puso a trabajar, sin dejar de charlar y reír mientras sus dedos rastreaban expertamente entre las distintas piezas que tenía delante.
La habilidad de Jacob con las manos era fascinante. Parecían demasiado grandes para lo delicado de las tareas que llevaban a cabo con soltura y precisión. Cuando trabajaba, tenía un aspecto grácil. No era así cuando lo veías de pie; entonces, su altura y sus pies enormes le convertían en un ser casi tan patoso como yo.
Quil y Embry no aparecieron, quizás porque se habían tomado en serio la amenaza de Jacob.
El día pasó con excesiva rapidez. Oscureció en los aledaños del garaje antes de lo que yo esperaba; entonces, escuché cómo nos llamaba Billy.
Salté para ayudar a Jacob a recoger las cosas, aunque dudaba de qué era lo que podía tocar.
—Déjalo ahí —dijo—. Volveré a trabajar con eso más tarde, esta noche.
—No vayas a dejar de hacer los deberes o cualquier otra cosa que tengas pendiente —le comenté, sintiéndome algo culpable. No quería que se metiera en problemas, ya que este plan sólo debía afectarme a mí.
—¿Bella?
Alzamos bruscamente la cabeza cuando la voz familiar de Charlie nos llegó de entre los árboles, cerca de nosotros.
—Corre —murmuré—. ¡Ya vamos! —grité en dirección a la casa.
—Vámonos —Jacob sonrió, disfrutando con excitación del complot.
Apagó la luz y por un momento me quedé ciega. Jacob me tomó de la mano y me sacó del garaje dirigiéndose hacia la casa entre los árboles. Sus pies encontraron con facilidad el camino. Sentí su mano rugosa, pero muy cálida.
Tropezamos a menudo en la oscuridad a pesar de caminar por el sendero. Aún nos reíamos cuando la casa apareció a la vista. No era una risa profunda, sino más bien ligera y superficial, pero no por eso menos agradable. Estaba segura de que él no había notado el matiz de histeria que teñía la mía. No estaba acostumbrada a reír, y me hacía sentir bien y al mismo tiempo muy mal.
Charlie nos esperaba de pie en el pequeño porche trasero y Billy estaba detrás, sentado en el umbral.
—Hola, papá —dijimos los dos a la vez y eso nos hizo romper a reír de nuevo.
Charlie me miraba con los ojos abiertos de par en par, unos ojos que relampaguearon al darse cuenta de cómo la mano de Jacob se cerraba sobre la mía.
—Billy nos ha invitado a cenar —dijo Charlie, en tono distraído.
—Mi receta ultra secreta para los espaguetis con carne, transmitida de generación en generación —dijo Billy en tono solemne.
Jacob bufó.
—La verdad, dudo que esa receta exista desde hace tanto.
La casa estaba atestada. También se hallaba allí Harry Clearwater con su familia: su mujer, Sue, a la que yo recordaba vagamente de mis vacaciones infantiles en Forks y sus dos hijos. Leah era un año mayor que yo. Hermosa al estilo exótico, con su piel cobriza perfecta, su cabello negro centelleante y las pestañas como plumeros; parecía preocupada. Cuando llegamos estaba colgada al teléfono de Billy y no lo soltó en ningún momento. Seth tenía catorce años y absorbía cada palabra que dijera Jacob, lo idolatraba con la mirada.
Éramos demasiados para la mesa de la cocina, así que Charlie y Harry trajeron sillas del patio y comimos los espaguetis con los platos apoyados en nuestro regazo, a la luz tenue que salía por la puerta abierta del cuarto de estar de Billy. Los hombres hablaron del partido; Harry y Charlie hicieron planes para ir a pescar. Sue le tomó el pelo a su marido con lo del colesterol e intentó, sin éxito, que consintiera en comer algo de color verde y con hojas. Jacob habló conmigo sobre todo y Seth le interrumpía rápidamente cada vez que se sentía en peligro de verse relegado al olvido. Charlie me observaba, intentando que no se le notara, con ojos complacidos, pero cautos a la vez.
Aquello era una caótico guirigay en el que todos hablábamos en voz alta a la vez, donde las carcajadas producidas por cada chiste interrumpían la historia de los demás. No tuve que hablar con frecuencia, pero sonreí mucho y sólo cuando me apeteció hacerlo.
No quería irme.
Sin embargo, estábamos en el estado de Washington y la inevitable lluvia terminó con la fiesta. La sala de estar de Billy era demasiado pequeña para permitir que continuara allí la reunión. Harry había traído a Charlie, por lo que nos volvimos juntos a casa, en mi coche. Él me preguntó cómo me había ido el día y le conté casi toda la verdad, que había acompañado a Jacob a comprar unas piezas y que después le había visto trabajar en su garaje.
—¿Crees que volverás a visitarle pronto? —me preguntó; intentó que no me diera cuenta de su interés.
—Mañana después de clase —admití—. Me llevaré los deberes, no te preocupes.
—Asegúrate de que sea así —me ordenó, aunque tratando de disimular su satisfacción.
Cuando nos acercamos a la casa, me puse nerviosa. No quería subir al primer piso. La calidez de la presencia de Jacob se estaba desvaneciendo y, en su ausencia, la ansiedad se incrementaba. Estaba segura de que no me iría de rositas con dos tranquilas noches de sueño seguidas.
Para retrasar un poco más la hora de acostarme, abrí el correo electrónico; había un nuevo mensaje de Renée.
Me contaba cosas sobre su día a día, el nuevo club de lectura que llenaba el hueco de las clases de meditación que acababa de abandonar, cómo le iba con la sustitución que estaba haciendo en segundo grado y cuánto echaba de menos a sus chicos de infantil. También me escribía sobre lo mucho que disfrutaba Phil de su nuevo trabajo de entrenador y que estaban planeando una segunda luna de miel en Disney World.
Me di cuenta de que estaba leyéndolo como si fuera el reportaje de un periódico, más que como el mensaje que alguien te dirige personalmente. Me inundó el remordimiento, dejándome un regusto desagradable después. Menuda hija estaba hecha.
Le contesté con rapidez, haciendo comentarios de cada una de las partes de su carta y añadiendo información de mi propia cosecha; le describí la fiesta de los espaguetis en casa de Billy y cómo me sentí mientras observaba a Jacob hacer algo útil con unas pequeñas piezas de metal, sobrecogida y algo envidiosa. No hice mención al cambio que supondría para ella esta carta respecto a las que había recibido en los últimos meses. Apenas podía recordar lo que le había escrito, ni siquiera la semana pasada, pero estaba segura de que no había sido muy comunicativa. Cuanto más pensaba en ello, me sentía más culpable. Seguramente la había preocupado mucho.
Me quedé mucho rato esa noche después de escribir, haciendo más tareas de la casa de las estrictamente necesarias, al suponer que ni la falta de sueño ni el tiempo pasado con Jacob —siendo casi feliz de una manera superficial— podrían apartarme de los sueños durante más de dos noches seguidas.
Me desperté chillando, con el grito sofocado contra la almohada.
Mientras la tenue luz de la mañana se filtraba a través de la niebla que había en el exterior de mi ventana, yací en la cama e intenté sacudirme los restos del sueño. Había una pequeña diferencia en la pesadilla de aquella noche y me concentré en ella.
No había estado sola en el bosque. Sam Uley, el hombre que me había recogido del suelo del bosque aquella noche en la que no podía pensar conscientemente, estaba allí. Era un cambio extraño, insospechado. Sus ojos oscuros me parecieron sorprendentemente hostiles, como si contuvieran algún secreto que no deseara compartir. Le miré tanto como mi frenética búsqueda me permitía, pero me hizo sentir incómoda el tenerle allí, añadido a todo el pánico que ya me era habitual. Quizás se debía a que cuando no le miraba directamente, mi visión periférica percibía la forma en que su silueta parecía temblar y cambiar. A pesar de todo, no hacía nada más que estar allí de pie y observar. No me ofreció ayuda, a diferencia del momento en que nos conocimos en la realidad.
Charlie me examinó durante el desayuno y yo intenté ignorarle. Suponía que me lo había merecido. No podía esperar que él no se preocupara. Probablemente tendrían que pasar semanas antes de que él dejara de aguardar a que regresara la zombi y yo simplemente debería intentar que no me molestara este hecho. Después de todo, también yo estaba vigilando el regreso de la zombi. Dos días no bastaban ni de lejos para proclamar mi curación.
En el instituto era justo lo opuesto. Ahora que yo sí estaba prestando atención, estaba claro que nadie me observaba.
Recuerdo el primer día que entré en el instituto de Forks, lo desesperadamente que deseé volverme de color gris, disolverme en el cemento mojado de la acera como un camaleón de gran tamaño. Parecía que sólo un año después había conseguido ver cumplido mi deseo.
Era como si no estuviera allí. Incluso mis profesores paseaban la vista por mi asiento como si se encontrara vacío.
Escuché mucho durante toda la mañana, pendiente una y otra vez de las voces que me rodeaban. Intenté captar de qué iban las cosas, pero las conversaciones me llegaban tan deslavazadas que lo dejé.
Jessica ni siquiera levantó la vista cuando me senté a su lado en mates.
—Hola, Jess —le dije, con una despreocupación que era puro cuento—. ¿Qué tal te fue el resto del fin de semana?
Ella me miró con ojos cargados de sospecha. ¿Estaría todavía enfadada? ¿O simplemente se sentía demasiado impaciente para tratar con una chalada?
—Divino —me contestó, volviéndose a su libro.
—Eso está bien —murmuré.
La expresión figurada «hacerle el vacío a alguien» parecía tener algo de literal en sí misma. Podía sentir el aire cálido circular desde los respiraderos, pero yo seguía teniendo mucho frío. Tomé la chaqueta del respaldo de la silla y me la puse otra vez.
Salimos tarde de la cuarta hora de clase y la mesa del almuerzo donde solía sentarme estaba llena en el momento de mi llegada. Mike estaba allí; también Jessica y Angela, Conner, Tyler, Eric y Lauren. Katie Webber, la chica pelirroja de tercer año que vivía al volver la esquina de mi casa, estaba sentada con Eric, y Austin Marks, el hermano mayor del chico del que obtuve las motos, estaba a su lado. Me pregunté cuánto tiempo llevaba sentado allí, incapaz de recordar si hoy era el primer día o algo que se había convertido en una costumbre habitual.
Empezaba a estar molesta conmigo misma. Parecía que me había pasado todo el último semestre empaquetada en bolitas de espuma de poliéster.
Nadie levantó la cabeza cuando me senté al lado de Mike, ni siquiera cuando la silla chirrió estridentemente contra el suelo de linóleo al apartarla para sentarme.
Intenté captar el hilo de la conversación.
Mike y Conner hablaban de deportes, así que rápidamente dejé de escucharles.
—¿Dónde está Ben hoy? —le estaba preguntando Lauren a Angela. Esto parecía mejor, por lo que presté atención. Me pregunté si aquello significaría que Angela y Ben todavía seguían juntos.
Apenas reconocí a Lauren. Se había cortado todo su sedoso pelo rubio maíz al estilo paje, tan corto que tenía la nuca afeitada como la de un chico. ¡Qué cosa tan horrible! Me pregunté el porqué. ¿Le habían pegado chicle en el pelo? ¿Lo había vendido? ¿Se habían puesto de acuerdo todas las personas con las que ella se había portado mal para atraparla en la parte de atrás del gimnasio y afeitarla? Decidí que no estaba bien juzgarla ahora, en base a mi opinión previa sobre ella. Por lo que a mí me constaba, podía haberse convertido en una persona estupenda.
—Ben ha pillado una gripe estomacal —contestó Angela, con su voz tranquila, calma—. Con suerte, se le pasará en cosa de veinticuatro horas. Anoche estaba realmente enfermo.
Angela también se había cambiado el peinado, porque las capas le habían crecido.
—¿Qué hicisteis vosotras este fin de semana? —preguntó Jessica, sin que por su tono de voz pareciera muy interesada en la respuesta. Hubiera apostado que no era más que un modo de abrir la conversación con el fin de que ella pudiera contar sus propias historias. Me pregunté si se atrevería a hablar de Port Angeles estando yo sentada a dos asientos de distancia. ¿Es que me había vuelto tan invisible que nadie se iba a sentir incómodo hablando de mí estando yo presente?
—Nosotros íbamos a ir de excursión el sábado, pero... cambiamos de idea —dijo Angela. Hubo un matiz peculiar en su voz que captó mi interés.
A Jess, no tanto.
—Pues qué pena —dijo, dispuesta a embarcarse en su propia historia. Pero yo no era la única que estaba prestando atención.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Lauren con curiosidad.
—Bien —continuó Angela, que parecía dudar más de lo habitual, aunque ella solía ser reservada por lo general—. Condujimos en dirección norte, hacia las fuentes termales. Hay un sitio ideal justo a un kilómetro del comienzo del sendero, pero vimos algo cuando estábamos más o menos a mitad de camino.
—¿Que visteis algo? ¿El qué? —las pálidas cejas de Lauren se alzaron a la vez. Incluso Jess parecía estar escuchando ahora.
—No lo sé —repuso Angela—. Creímos que era un oso. Era negro, pero parecía demasiado... grande.
Lauren bufó.
—¡Oh no, tú también! —sus ojos se volvieron burlones y decidí que no había que concederle el beneficio de la duda. Obviamente, su personalidad no había cambiado tanto como su cabello—. Tyler intentó colarme esa historia la semana pasada.
—Es imposible ver a un oso tan cerca de un centro turístico —coincidió Jessica, alineándose con Lauren.
—Pero es que lo vimos de verdad —protestó Angela con la voz baja y la mirada fija en la mesa.
Lauren se rió de ella. Mike aún estaba hablando con Conner, sin prestar atención a las chicas.
—No, tiene razón —intervine impaciente—. Precisamente el sábado pasado apareció un mochilero que también había visto el oso, Angela. Aseguró que era enorme y de color negro, y que se lo encontró justo en las afueras de la ciudad, ¿a que sí, Mike?
Hubo un momento de silencio. Cada par de ojos de los presentes en la mesa se volvió a mirarme, impresionado. Kate, la chica nueva, Katie, se quedó boquiabierta, como si hubiese sido testigo de una explosión. Nadie se movió.
—¿Mike? —murmuré, mortificada—. ¿Te acuerdas del tipo aquel que contó la historia del oso?
—Se-seguro —titubeó Mike después de un segundo. No sé por qué me miraba tan extrañado. Yo hablaba con él en el trabajo, ¿no? ¿O no lo hacía? Yo creía que sí...
Mike se recobró.
—Eh, sí, vino un tío que dijo que había visto un gran oso negro justo al comienzo del sendero, más grande que un oso pardo —confirmó.
—Bah —Lauren se volvió a Jessica, con los hombros rígidos y, para cambiar el tema de la conversación, preguntó—: ¿Os han contestado de la USC[1]?
Todos menos Mike y Angela miraron para otro lado. Ella me sonrió para tantear el terreno y yo le devolví la sonrisa.
—Así que, ¿qué hiciste el fin de semana, Bella? —preguntó Mike, curioso, aunque extrañamente precavido.
Todo el mundo, salvo Lauren, miró hacia atrás, esperando mi respuesta.
 —El viernes por la noche Jessica y yo fuimos al cine en Port Angeles, y después yo pasé la tarde del sábado y la mayoría del domingo allí abajo, en La Push.
Las miradas iban de Jessica a mí y de mí a Jessica. Jess parecía irritada. Me pregunté si es que no quería que supieran que había salido conmigo o si es que deseaba ser ella quien contara la historia.
—¿Qué película visteis? —preguntó Mike, comenzando a sonreír.
—Dead End, aquella de los zombis —sonreí para infundirle valor. Quizás todavía podía arreglarse algo del daño que había hecho en los últimos meses, cuando yo misma me había comportado como un zombi.
—He oído que da mucho miedo, ¿es así? —Mike parecía deseoso de continuar la conversación.
—Bella se asustó tanto que tuvo que salirse al final —intercaló Jessica con una sonrisa maliciosa.
Yo asentí, intentando parecer avergonzada.
—Es que daba miedo de verdad.
Mike no paró de hacerme preguntas hasta que se terminó el almuerzo. Poco a poco, los otros volvieron a continuar sus propias conversaciones, aunque todavía me miraban mucho. Angela pasó la mayor parte del rato hablando con Mike y conmigo y, cuando me levanté para tirar los restos de mi bandeja, ella se incorporó también y me siguió.
—Gracias —me dijo en voz baja cuando ya estábamos lejos de la mesa.
—¿Por qué?
—Por intervenir, por apoyarme.
—No hay de qué.
Ella me miró con interés, pero no de forma ofensiva, en plan «se le ha ido la olla».
—¿Estás bien?
Éste era el motivo por el que había escogido a Jessica en vez de a Angela para ir al cine, aunque esta última me gustaba más. Era demasiado perceptiva.
—No del todo —admití—, pero me encuentro un poco mejor.
—Me alegro —contestó ella—. Te echaba de menos.
Lauren y Jessica nos alcanzaron en ese momento y escuché a Lauren susurrar de forma audible:
—Ay, qué alegría. Bella ha vuelto.
Angela puso los ojos en blanco cuando pasaron y me sonrió para darme ánimos.
Suspiré. Era como si todo volviera a empezar de nuevo.
—¿Qué día es hoy? —pregunté súbitamente.
—Diecinueve de enero.
—Mmm.
—¿Qué pasa? —inquirió Angela.
—Ayer hizo un año de mi primer día aquí —musité.
—Nada ha cambiado demasiado —murmuró Angela, mirando en dirección a Lauren y Jessica.
—Ya lo sé —asentí—. Eso mismo estaba pensando.



[1] [N. del T.] University of Southern California.